"Muchos hombres gozan de ser dominados y humillados"

Nina Strange tiene veintiseis años y ofrece un servicio en donde las prácticas eróticas y los cambios de roles satisfacen el deseo masculino. "Como dominante no dispongo del otro, sino más bien de que sienta placer por medio de la práctica", explica
"¿Qué sucedería su tu hija te dice que es lesbiana?", le preguntó Nina a su mamá cuando era adolescente. "Tristeza, pues el entorno que nos circunda no va a entender que mi hija es lesbiana y eso va a ser muy doloroso para mí", le respondió .

Había cumplido 14 y un conjunto de chicas la estaba aguardando fuera del instituto para pegarle "por ser lesbiana". Aquel intercambio con su madre la defraudaría pues creyó que justamente era la primera persona que debía admitirla. "Después comprendí que no necesitaba validarse y que la familia es una institución, como tantas, entonces, ¿por qué razón debía esperar que entendieran que su hija era lesbiana o bien -años más tarde- trabajadora sexual?".



Nina Strange tiene veintiseis años y está totalmente de negro: su pelo, su campera y sus botas. "Creo que la gente me ve vestida de esta forma y tiene un morbo singular. O cuando menos en mi profesión distingo eso", le cuenta a Infobae, mientras observa como el día, también oscuro, amenaza con darle sitio a la lluvia durante algunas horas más.

"¿Qué pasaría su tu hija te afirma que es lesbiana?", le preguntó Nina a su mamá cuando era adolescente. "Tristeza, pues el entrecierro que nos rodea no va a entender que mi hija es lesbiana y eso será muy doloroso para mí", le respondió .

Había cumplido 14 y un conjunto de chicas la estaba esperando fuera del colegio para pegarle "por ser lesbiana". Aquel intercambio con su madre la decepcionó pues pensó que justamente era la primera persona que debía aceptarla. "Después entendí que no necesitaba validarse y que la familia es una institución, como tantas, entonces, ¿por qué debía esperar que entendieran que su hija era lesbiana o bien -años más tarde- trabajadora sexual?".

Nina Strange tiene 26 años y está absolutamente de negro: su pelo, su campera y sus botas. "Creo que la gente me ve vestida de esta manera y tiene un morbo singular. O bien por lo menos en mi profesión distingo eso", le cuenta a Infobae, mientras observa como el día, también obscuro, amenaza con darle lugar a la lluvia a lo largo de algunas horas más.



Su primer y único requisito para dar la entrevista lo hizo en el marco de la privacidad: "No quiero que aparezca mi nombre verdadero ni mi rostro en las imágenes. Prefiero conservar a mi ambiente ahora de mi vida", explica mientras que se pide un té y recuerda aquellos años en que descubría su sexualidad: "A los 15 tuve mi primer novio, pero antes estuve con una chavala y siempre supe que no era heterosexual. Me costó bastante aceptarlo. A los catorce dije: 'es muy obvio'. Aparte se hacían chistes en el instituto, no era como ahora. En esa temporada no se hablaba del tema en el ámbito escolar".

A los veinte dejó su casa para irse a vivir con la pareja que tenía en ese entonces. "Mi primer acercamiento con el trabajo sexual fue en un bar nocturno, en donde era camarera. Era una idea chilena conocida como 'bar con piernas', donde atendíamos en lencería y ofrecíamos espectáculos privados. Mas no era trabajadora sexual. Estaba prohibido irse con algún cliente por contrato. A muchas chicas les ofrecían plata para tener sexo y se iban del bar por el hecho de que se ganaba considerablemente más. Obtener exactamente la misma cantidad en una hora no tenía comparación", narra.

Y comenzó creándose un perfil de Fb falso y a realizar sus primeros trabajos. Fue allí donde halló los límites considerablemente más definidos: "Cuando tenés pareja o bien recién conocés a alguien en un boliche y tenés sexo casual no le andás proponiendo chupársela con forro. En el trabajo sexual es diferente: cada uno escoge qué quiere hacer y qué no. Ese género de cosas, en lo rutinario, se dan por sentado y de este modo suceden".

Al "sexo convencional" (oral y vaginal), como se lo llama en la jerga, el "onda novios" (besos, caricias y una charla entretenida after sex) le sumó la prácticas, fantasías eróticas y juegos sexuales enmarcados en el BDSM, el que agrupa Bondage y Disciplina; Dominación y Sumisión; Sadismo y Masoquismo. "Me tocó un usuario que quería chuparme y adorarme los pies. Estuvo las dos horas de esta manera. Y yo no hacía nada, solo lo miraba. Entonces comencé a ofrecer la posibilidad de dominar o de ser sumisa".

A la humillación verbal le añadió la degradación física. "Practicaba kung fu y sabía dónde golpear para que haya dolor sin correr el riesgo de herir realmente a la otra persona. Es mucho más simple ser dominada que dominar. Me contrató un señor que me pagó para que le patee los testículos durante una hora. Es un fetiche, consiste de un esmero mental y físico. La mayor parte de las personas que buscan la práctica BDSM no desea tener sexo: se calientan únicamente con eso", explica.

Allí es donde algunas palabras se vuelven clave en el momento de eludir el traspaso de los límites. "En América Latina se usan los tonos del semáforo: colorado (parar), amarillo (poco a poco, más despacio) y verde (proseguir). Si la persona tiene la boca tapada se emplean golpes: con uno está todo bien para continuar y con 2 hay que detenerse", agrega Nina, quien aclara sus reglas y servicios previo a los encuentros: "Está todo claro. Si me llaman para ser sumisos pregunto qué tipo de sumisión buscan: ¿física o bien verbal?".

Y aclara: "La escatología no me agrada. Está la lluvia plateada -consiste en escupir al otro-, la lluvia dorada -hacerle pis sobre alguna una parte de su cuerpo- y la lluvia cobrizo, la que no hago. Asimismo consulto con compañeros y compañeras que saben más y les pregunto qué puedo hacer con relación a lo que me hayan pedido".

Nina admite que la contratan pocas mujeres, que cuando empezó a trabajar con su cuerpo dejó los prejuicios de lado y que "empatizar con los clientes es parte de su servicio. Me gusta que puedan charlar, contarme sus problemas o sencillamente concretar aquello que los apasiona. Es esencial comprender que también es un espacio de terapia para ellos, en donde están relajados y en un sitio en el que en una determinada hora deberán irse y listo".
Trabaja solo en hoteles y sus tarifas fluctúan entre lo "convencional" y "no usual". "Se suele ver a la trabajadora sexual como una persona que el otro dispone de su cuerpo y realmente no. Acá no me pagan solo por sexo, por el hecho de que hay hombres que me procuran para disfrutar de ser dominados y humillados. La mayoría de los que solicitan esas prácticas son hombres grandes, que buscan experimentar situaciones específicas. El pasado día un hombre, todo tatuado, muy trabajado físicamente, me solicitaba que lo llamase 'puta barata', que lo insulte y lo degrade. En ocasiones lo que el otro expone no es lo que realmente busca en su amedrentad".

"Estoy en pareja desde hace cuatro años y sabe a qué me dedico. Siempre y en toda circunstancia le afirmé qué hacía, respetando las reglas de la pareja. No podría estar mintiéndole. Al comienzo de la relación era novísimo y si bien nos manejamos dentro del amor libre fue bastante difícil. Quedaban algunas cosas en grises y sé que es realmente difícil de comprender. Nuestra regla es no contarnos nada para preservar la relación", cuenta la joven, que vive en una casa comunitaria, junto a un grupo de amigos, en Villa Pueyrredón.

"Hace poco un cliente del servicio me solicitó un video. Quería que actuara siendo su hermana, con su nombre, y también interpretase una situación en donde lo hallaba oliéndole la ropa interior de ella. Es su morbo y debo respetarlo. Mas como sucede en cada una de las sesiones (de este modo llaman al momento en el que se juega a cambiar de roles) la otra persona debe ser contenida, devolverlo al mundo real. Explicarle que todo lo que pasó fue un juego y listo", concluye.